miércoles, 10 de diciembre de 2008

Águila calva, ahí es nada


Este señor bicho lo conoce todo el mundo -sale hasta en el escudo de la perversa CIA- y nos sorprendió a mi hermano y a mí en Minnesota cuando íbamos de camino a The Raptor Center, un hospital veterinario especializado en rapaces que depende de la Universidad de aquella ciudad estadounidense. El ave estaba posada sobre un árbol, a unos 25 metros del suelo y sí, es tan grande como parece. Soportaba estoicamente una nevada con viento racheado y se dejó fotografiar sin mostrar gran interés por aquellos seres que, desde abajo, la miraban con un café en vaso de porexpán en la mano y la boca abierta.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Asamblea de cormoranes


El cormorán grande (Phalacrocorax carbo) es un tipo extraño. Parece un cruce entre una gaviota, un cuervo y una serpiente. Vuela decidido, con fuerza y como a impulsos, lo que contrasta con su faceta contemplativa y adoradora del sol, puestas las alas en cruz para su secado perfecto tras una zambullida en busca de presas (bueno, en realidad no se sabe muy por qué lo hace...). El nombre es sonoro y-perdón por la cursilería- vibrante y a mi me recuerda al apodo de esos piratas de los Mares del Sur sobre cuyas hazañas escribía Emilio Salgari.

A principios de los ochenta el cormorán estuvo bordeando la extinción pero, en nuestros días, su población se ha recuperado y podemos observarlos con facilidad en la mayoría de las zonas húmedas de la Península durante los meses de otoño e invierno, cuando miles de estas aves nos visitan desde sus zonas de cría habituales, en el norte de Europa. En España el cormorán se considera un nidificante escaso, habiéndose detectado su reproducción en algunos embalses del interior.

En el Delta del Llobregat se dan buenas concentraciones invernales de esta especie y el enclave es ideal para observar su comportamiento y aprender a distinguir los ejemplares jóvenes de los adultos, tarea más que sencilla debido a que los mozos de un año presentan vientre y cuello completamente blancos.

De estas aves me resulta llamativa su tendencia a concentrarse en un punto determinado, costumbre que también ha llamado la atención a alguno de los niños que de tanto en tanto guiamos por el delta (un saludo a los señores Carandell y Morera) y que un chaval resumió exclamando: Mira, mira, els corbs marins estan fent assemblea!

Por desgracia, el futuro del cormorán está virando a tonos similares a los de su plumaje y en algunas comunidades autónomas se están realizando desde el año pasado cacerías de cormorán con el objeto de disminuir la presión que supuestamente ejerce sobre los salmónidos de los ríos del País Vasco y Asturias. Aunque la medida está siendo realizada por la propia administración, a muchos nos parece poco justificada desde un punto de vista científico y conservacionista, pero esto será tema para otro post.

sábado, 1 de noviembre de 2008

De rapaces y hombres

Guardo dos libros en la estantería que se levanta junto al escritorio a los que tengo en gran estima. Ambos son voluminosos e incómodos de leer -a no ser que te aposentes en el sofá o en un sillón de orejas-pero no puedo evitar la tentación de cogerlos una y otra vez, leer un capítulo, volverlos a colocar en su sitio y, pocos días después, hojearlos -y ojearlos- de nuevo. Los dos tomos fueron escritos dos apasionados naturalistas ibéricos, uno castellano y otro aragonés; los dos autores murieron por culpa de un accidente, uno en marzo de 1980 y el otro en abril de 2005 y ambos profesaban auténtica dedicación por el grupo de animales a quienes van dedicado los susodichos libros: las rapaces.

Uno de los naturalistas mencionados es el conocídisimo Félix Rodríguez de la Fuente, médico odontólogo, cetrero, naturalista, escritor, cineasta y padre de la vocación de algunos miles de biólogos, ambientólogos, forestales y demás fauna relacionada con la naturaleza que ahora rondan entre los treinta y los cincuenta años. El otro es menos conocido -fuera de los círculos ornitológicos y conservacionistas, aclaro- pero también una auténtica cola de lagartija, David Gómez Samitier: Agente de Protección de la Naturaleza, fotógrafo, escritor, conferenciante...



Contaba Félix que su afición a las rapaces venía de su infancia en Poza de la Sal, cuando se tumbaba en la hierba para observar, durante horas, las evoluciones de los buitres en el cielo. Más crecidito, compaginó el estudio de la carrera de Medicina con la resurrección de la cetrería. Se empapó de prosa medieval que hablaba de la alianza entre rapaces y seres humanos y se puso manos a la obra: se hizo cetrero. En una época en la que en España se pagaban 25 pesetas por cada par de patas de águila que se presentaran a las autoridades, aquél burgalés que hablaba -tan bien-de águilas y halcones como si fueran aristócratas de pico y pluma pronto llamó la atención. Félix comenzó a salir en revistas, programas de radio y televisión... Y podía haberse quedado aquí, haciéndose un hueco en el mundo de la caza y dedicándose a regalar halcones a los emires de la Península Arábiga (cosa que hizo). Pero lo bueno es que a Félix le gustaban las rapaces porque sí, y no sólo porque fueran unos hermosos cazadores. Así que, una vez que tenía atrapada a la gente con sus baharíes y sacres, dedicó sus charlas y programas a bichos extraordinariamente menos atractivos para el público... Porque, un halcón, pase, muy bonito, muy rápido y tal, pero ¿un alimoche? ¿qué demonios tiene de bonito un alimoche? Y, bueno, a algunos nos convenció.

De su época cetrera, uno de los productos en tinta más depurados realizados por el burgalés fue El Arte de Cetrería, una especie de compendio sobre esta modalidad cinegética en la que se hablan de las especies más utilizadas, su biología y adiestramiento y, de tanto en tanto -tengamos en cuenta que, a fin de cuentas, el libro iba dirigido a cazadores de la España franquista- dejaba caer cosas como: "El día que España se haya transformado en un inmenso criadero de perdices y hayan desaparecido los azores, los halcones, las águilas y todos los hermosos y necesarios animales carniceros; el día que hayamos conseguido una fauna mutilada, chata y unilateral; el día que podamos ufanarnos de matar miles de perdices en todos nuestros ojeos, habrá llegado el principio del fin (...)". Para un naturalista, El Arte de la Cetrería es realmente entretenido, está repleto de informaciones curiosas, de citas medievales sobre las aves rapaces y de un vocabulario sonoro y sabroso, con palabras como alcándara, pihuela, niego, torzuelo, zahareño, o conceptos tan evocadores como el de "halcones del aire", referido a aquellos pájaros que son capturados fuera del nido, cualquiera que sea su edad.

En 1980, cuando Félix muere en Alaska, David Gómez tiene dieciocho años y trisca por la comarca oscense del Somontano buscando nidos de búhos, culebreras y cernícalos. Pronto decide que quiere ser forestal para estar al lado de los bichos que le gustan y protegerlos como él entiende que se debe hacer. En todo este proceso, el aspirante a guardabosques queda fascinado por una especie en especial, el quebrantahuesos, y convierte a este ave majestuosa en una de los ejes de su vida:

"Pasión, droga, obsesión" leemos en Uñas de cristal, "Cualquiera de estas tres palabras podría definir mi dependencia hacia el fascinante mundo que rodea al quebrantahuesos. Convivir y saber de una especie es dar todo de uno mismo. Donde las personas más allegadas a mí también se enganchan a ella. Un póster de una de estas aves adorna la habitación de una de mis niñas desde sus cuatro años". David ya es de otra generación: ya no se pagan cinco duros por las patas de las alimañas ni se ha de entrar al mundo de la conservación de las rapaces por la puerta extraña de la caza. Sin embargo, los quebrantas y otros buitres están al borde del abismo, acosados por el veneno, la estaciones de esquí, las urbanizaciones y la caída en picado del ganado que antes pastaba en los montes y que priva a los carroñeros de una de sus fuentes de alimento más importantes. David fue uno de aquellos naturalistas que año tras año subía a las gélidas alturas del Pirineo a comprobar si su gigantesco "pájaro de barro" sacaba adelante su descendencia; del "quebranta" y de otras aves hizo fotografías espectaculares que mostraba en charlas y conferencias con las que intentaba transmitir su pasión por la fauna salvaje a la gente más joven. Cuando estaba a punto de sacar su undécimo libro un accidente de automóvil termina con su vida y la de su mujer e hijas.

Uñas de cristal es la obra póstuma de David Gómez. Se trata de una recopilación de fotos espectaculares, anécdotas y artículos sobre todas las especies de rapaces que crían en la Península Ibérica realizados por las personas más comprometidas en su conservación (desde biólogos a agentes forestales, pasando por naturalistas, juristas, fotógrafos o veterinarios). Es decir, un regalo para el que quiera saber cómo les va, en el recién estrenado siglo XXI, a estos bichos emplumados de ojos grandes que tan poco se imaginan las pasiones que despiertan.

viernes, 17 de octubre de 2008

La fageda d'En Jordà, la magia del hayedo


Esta semana pasada el termómetro del coche llegó a marcar algún día los 28 grados y pico y por estas latitudes -catalanas- la gente todavía anda con manga corta... pero aunque el termómetro no acompañe mucho a la estación en la que ya estamos bien metidos, las horas de luz van disminuyendo y los árboles caducifolios han de desprenderse de sus hojas, más sensibles a los fotones que a la temperatura. Resulta tópico -y hasta aburrido- hablar de la belleza del otoño en un hayedo pero, para un menda como el que esto escribe, proviniente de una tierra donde el tomillo es el rey de las colinas, este tipo de bosque es auténtico espectáculo, una explosión de sensaciones visuales, táctiles, sonoras y olfativas absolutamente diferentes a las que se pueden disfrutar en las tierras del sureste peninsular.

Y que conste, no estoy valorando unos ecosistemas por encima de otros, pero ya os digo, para otoño de impacto, el que se saborea en el hayedo d'En Jordà, muy cerquita de la localidad gerundense de Olot, en la comarca de la Garrotxa.

jueves, 9 de octubre de 2008

Viaje a los Estados Unidos de Norteamérica (Primera parte)


Para compensar a mis escasos pero leales seguidores estos largos días de silencio cibernético –ocasionados por un cambio de residencia- aprovecho para repasar el cuaderno de campo y repasar las discretas observaciones que pude anotar en un viaje a Estados Unidos realizado el marzo pasado, justo a comienzos de la primavera en la parte norte de este planeta. El viaje consistió en dos semanas de dar tumbos con mi familia americana por parte del Northern Midwest, es decir, los estados de Illinois, Minnesota y Iowa (también están considerados en esta acepción histórico-geográfica los estados de Indiana, Michigan, Nebraska, North Dakota, Ohio, South Dakota y Wisconsin). En total, el que esto suscribe se metió en ocho aviones diferentes en apenas doce días, conoció tres jornadas de nevadas continuas, anduvo con su sobrino por un parque fundado por un ballenero del siglo XIX, vio unas veintitantas especies de aves en libertad que nunca antes había visto y se hinchó a capuchinos, tortitas y beicon frito.

La foto que inaugura la sección pertenece a un lobo gris (Canis lupus), en concreto a una subespecie que en EEUU recibe el nombre de Grey Wolf o Timber Wolf. El tercer nombre en latín no me atrevo a ponerlo porque hay unas discusiones tremendas sobre las diferentes subespecies de este cánido en el continente americano. En Minnesota hay unos 2.500 lobos que se mueven a sus anchas por los enormes territorios vírgenes del norte del estado, cazando ciervos, alces y… pequeños roedores que, como todos los lupófilos (perdón por el neologismo) del mundo saben, es uno de los aperitivos preferidos de este magnífico animal. En Minnesota el lobo está estrictamente protegido y no se le puede cazar, circunstancia que está provocando algunos problemas con los ganaderos de determinadas áreas que ven en la expansión del cánido una futura amenaza para sus intereses.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Próximamente: All the Birds of North America


Algunos lo estábais pidiendo a gritos... En breve empezaremos la serie del viaje de este discreto naturalista por las tierras del Medio Oeste norteamericano. Mapaches, águilas de cabeza calva, zarigüeyas y mucha, mucha nieve. Aprovechamos para pedir disculpas por el abandono imperdonable de esta bitácora, pero cuando no se tiene internet, es difícil escribir un blog.
Por cierto, un abrazo, Sambinho

martes, 2 de septiembre de 2008

Alfanhuí, el niño alcaraván

“El maestro miró al niño de arriba abajo con unos ojos muy serios y dijo:

- ¿Tú? Tú tienes ojos amarillos como los alcaravanes; te llamaré Alfanhuí porque éste es el nombre con el que los alcaravanes se gritan los unos a los otros. ¿Sabes de colores?”

Rafael Sánchez Ferlosio publicó en 1952 Alfanhuí, un libro breve y delicioso al que el paso del tiempo ha sentado de maravilla. La obra narra las andanzas de un niño por las ciudades, pueblos y campos castellanos en una época indefinida en la que los trigales aún se segaban a brazo y la última estirpe de bueyes yunteros era sacada a pastar a los retamales. Me gustan de este libro muchas cosas, entre otras, el conocimiento que demuestra el autor sobre los bichos y paisajes vegetales de los campos ibéricos, que describe con indudable acierto, y he disfrutado con personajes como el maestro taxidermista, el vagabundo hechicero o la abuela de Alfahuí, que incuba en su regazo los huevos de pájaros y reptiles que le llevan los zagales del pueblo de Moraleja.

Adelantándose al concepto y el boom latinoamericano del realismo mágico, Sánchez Ferlosio desgrana en Alfanhuí un relato repleto de guiños surrealistas y fantásticos que me recuerda -por el tono y la atmósfera irreal- a Merlín y familia, del gallego Álvaro Cunqueiro, otro jugoso y divertido libro que transcurre en distintos lares ibéricos, de carácter más celta y neblinoso.

Alfanhuí, en fin, se lee de una sentada pero deja un agradable regusto en el paladar que dura mucho tiempo.

lunes, 18 de agosto de 2008

Por la Sierra de Salinas ¿territorio lincero?

Hace unos días me planté, acompañado del Sr. Molina, en la Sierra de Salinas, un enclave asombrosamente poco transitado donde siempre ha rondado el fantasma del Lince ibérico. Y digo fantasma porque durante muchos años –allá por los primeros noventa-oí en no pocas ocasiones rumores, murmuraciones y comentarios sotto voce que afirmaban que el escasísimo felino merodeaba de vez en cuando por sus umbríos barrancos. Hoy día pienso que aquellos comentarios, que yo era el primero en querer creer, estarían apoyados en testigos confundidos que afirmaban haber visto al mítico gato cerval cuando quizá lo que se les cruzó en el camino fueron otros bichos parecidos, como ginetas o gatos monteses.

Ahora bien, haya o no haya lince por esos peñascos, lo cierto es que esta sierra es una auténtica maravilla. La población de rapaces conserva una extraordinaria salud, seguramente por el aislamiento de estos montes y la proximidad de campos de cultivo (grandes productores presas potenciales); durante esta última salida pudimos observar las evoluciones de una familia de cernícalos (Falco tinnunculus) y, de otras excursiones, contamos con anotaciones de Águila perdicera, Águila real y Halcón peregrino. Se ha constatado igualmente la presencia de Búho real, Cárabo y Autillo. En cuanto a mamíferos, más difíciles de detectar, es bastante probable (no contamos con bibliografía) que no falten el Zorro, el Gato montés, la Garduña, la Gineta, la Comadreja, el Jabalí… y el resto de las especies habituales que pululan por las sierras alicantinas. Lo que no tenemos tan claro es la presencia de Arruí (Ammotragus lervia)... Según un estudio del 2003 del SECEM publicado en la revista Galemys, no se ha detectado la presencia de este bóvido en la sierra, aunque su extraordinaria expansión en los últimos años lo podría haber hecho llegar hasta estos peñascos.

En el aspecto botánico se ha de señalar que la sierra conserva una pinada de Pinus halepensis como sólo se puede ver en la provincia de Alicante en la Sierra de Maigmó; en los numerosos barrancos que la recorren crecen carrascas (Quercus ilex subsp. ballota) y quejigos (Quercus faginea), una especie esta última no muy frecuente en Alicante. En general, el matorral mediterráneo está muy bien representado y la sierra presenta algunos enclaves tan sugerentes como la cueva del Lagrimal, sólo mancillada por un exceso de señalización, muy deteriorada por la lluvia, cuya presencia en las sierras levantinas parece ser una plaga de difícil erradicación.

Foto: EME'08

domingo, 3 de agosto de 2008

Cincuenta mil zapatos (viaje de una ida y de una vuelta)


Con Vicente me hice en un fin de semana más de mil kilómetros para ver, durante treinta escasos y emocionantes segundos, el único lince ibérico en libertad que me he cruzado por el momento. También he sido testigo de sus intentos de torear reses bravas en plena dehesa –con final incruento, por supuesto- y le he visto temblar las manos que agarraban con fuerza los prismáticos observando el vuelo majestuoso de un águila pescadora. Por eso no me extrañó nada que a comienzos de esta primavera se liara la manta a la cabeza y cruzara el Estrecho de Gibraltar junto con Salva, Toni y Anna para descubrir los secretos de los amplios espacios marroquíes. Sé que en el viaje pudieron disfrutar de de águilas perdiceras, tarros canelos y bulbules, que observaron cabras retrepadas en arganes y sintieron lo que es una tormenta de arena en pleno desierto del Sahara. Pero en el encuentro se toparon, además, con las gentes del Atlas… y les desbordó la hospitalidad, la generosidad y el torrente de alegría en el centro mismo de la carencia más abrumadora. Vicente cuenta que aquel encuentro cambió su forma de ver la vida y de verse a si mismo y a los demás. Ahora intenta devolver el regalo que le hicieron los habitantes del Atlas el marzo pasado y, junto a un puñado de entusiastas como él, ha cargado unos cuantos coches con cientos de gafas graduadas, juguetes, material escolar y 25.000 pares de zapatos… y para abajo que se ha ido, oye.

Foto: Wikipedia

jueves, 31 de julio de 2008

Río Vinalopó, el gran explotado



Pocas veces relacionamos el desarrollo económico de un lugar determinado con los recursos naturales que lo han hecho posible, salvo, quizás, los ejemplos de la explotación minera y petrolífera. Quienes estamos acostumbrados a ver el río Vinalopó a su paso por la localidad de Elche siempre hemos considerado al raquítico Vinalopó como una acequia no muy caudalosa o, a lo sumo, un canal de alcantarilla al aire libre. Sin embargo, el más humilde de los cursos fluviales de la cuenca del Júcar viene vertebrando la parte occidental de la provincia de Alicante desde tiempos inmemoriales, siendo explotado sin reparo hasta dejarlo sin gota de agua en no pocos veranos.

Prácticamente sin salir de la comarca que le ve nacer y a la que da nombre (Alto Vinalopó), nuestro río recibe una primera paliza que lo deja casi noqueado y, en cualquier caso, sin la fresca acometividad que presenta en su nacimiento y que tan bien se ve reflejada en la foto de este post. Así, el Vinalopó da de beber a las huertas de Banyeres de Mariola, Beneixama y Bocairent, localidad esta última donde el azud de la Acequia puede llegar a consumir todo el caudal del río durante el verano. En Banyeres el cauce comienza a recibir aguas residuales y ya en Beneixama el caudal del Vinalopó es magro y sucio, soportando su lecho y orillas extracciones de áridos. Aguas abajo de Villena, el río recibe los aportes de la Acequia del Rey que, por las características del terreno, son de tipo salobre; también recibe aquí, y por la misma vía, aguas residuales de Villena.

En Elda, Petrer, Monóvar y Novelda, el baqueteado Vinalopó bebe lo que le aportan las ramblas y arroyos locales, pero este respiro no es muy enriquecedor ya que en estos municipios las empresas marmoleras vierten en él sus detritos, convirtiendo el río en un hilo de agua lechoso y espeso. Estos residuos de las marmoleras han colmatado, un poco más abajo, el Embalse de Elche, una de las presas más antiguas de Europa.

En Elche, el río vertebra la ciudad y le da un atractivo especial gracias a la abundancia de puentes y huertos de palmeras, regados en otros tiempos con aguas del Vinalopó pero que hoy en día se abastecen principalmente con los canales del Taibilla. En algún momento dentro del término ilicitano, el Vinalopó, sucio, esquelético y boqueando, desaparece.

En apenas ochenta kilómetros de recorrido, el Vinalopó riega huertas de varias localidades, transporta residuos urbanos e industriales de las poblaciones de tres comarcas, aporta áridos, configura el paisaje rural y urbano, es represado al menos una vez (sin contar azudes) y rodeado de hormigón en casi todos los tramos. Tras estos trabajos hercúleos, se desvanece antes de llegar al mar acompañado por nuestra indiferencia.

Sin embargo, en Banyeres, donde nace este río modesto en tierras poco acostumbradas a los cursos fluviales, las familias alicantinas se arremolinan en torno a sus pozas, y los niños pueden hacerse una idea de lo que es un río sin necesidad de salir de provincia y quizá sea allí, en su nacimiento, el lugar indicado para transmitir el aprecio por estas aguas y cambiar nuestro chip respecto al abuso al que las sometemos unos kilómetros más abajo
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domingo, 20 de julio de 2008

La Sierra del Algarrobo, en peligro

Por estas fechas, mediados-finales de julio, comienza uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza europea: el paso de las grandes aves migratorias a través del Estrecho de Gibraltar. Decenas de miles de cigüeñas, milanos, aguilillas calzadas, halcones abejeros, águilas culebreras, gavilanes y otras especies provinentes de todos los rincones de Europa se dan cita en el extremo más meridional de la provincia de Cádiz para dar el salto al continente africano. En los últimos años, este viaje de la fauna alada es seguido con admiración y detenimiento por un número cada vez más grande de ornitólogos y aficionados a la observación de la naturaleza que, como las aves, llega hasta las localidades de Tarifa y Algeciras a partir del veinte de julio.

Imaginad un bando de unas mil quinientas cigüeñas girando en grandes círculos sobre vuestras cabezas, a veces tan cerca que oyes el susurro de las alas batiendo el aire. La mañana está despejada y el viento es favorable, así que el bando toma algo de altura y, como si se deslizarán por un tobogán, lo ves dirigirse hacia el perfil majestuoso del Yébel Musa, en territorio marroquí, volando sobre el brazo de mar geoestratégicamente más importante de Europa occidental. Pero quizás el verano está ya más avanzado y el cielo se ha encapotado por la inminencia del temporal, puede que lo que observemos entonces sean grupos de halcones abejeros pasando ininterrumpidamente entre jirones de nubes, con un batir de alas poderoso y decidido, con su brújula interna -o lo que quiera que utilicen las aves para orientarse- marcando el rumbo a África como ha venido haciendo desde hace milenios. El año pasado, sólo durante la época de migración postnupcial (dirección África) y en un solo observatorio, se observaron más 60.000 halcones abejeros y cerca de 20.000 águilas calzadas, entre otras aves (datos del Programa Migres).

Las aves migratorias eligen siempre, por término general, las mismas rutas a la hora de encararse hacia África. Estas rutas están condicionadas por la orografía local, los vientos dominantes y otros aspectos que, debido a su previsibilidad, nos permiten estar en el lugar adecuado y en el momento preciso para disfrutar del espectáculo de la fauna en acción. Sin embargo, y por desgracia, uno de los mejores lugares de Europa para estudiar el paso migratorio está amenazado, cómo no, por los adoradores del ladrillo y las pelotas de golf: la sierra del Algarrobo, pasillo natural de rapaces y cigüeñas en sus viajes de ida y vuelta a África y lugar donde está enclavado uno de los observatorios de aves más importantes del Estrecho de Gibraltar, ve planear sobre sus laderas una macrourbanización con campo de golf apoyada por el Ayuntamiento de Algeciras. El combativo Colectivo Ornitológico Cigüeña Negra está pidiendo firmas para reclamar la protección del Algarrobo y asegurar que las aves migratorias puedan seguir utilizando estas sierras como ruta segura en su largo viaje. Aparte de reprender a los ediles algecireños por su cortedad de miras y su escasa sensibilidad ambiental, no podemos sino apoyar a las gentes del COCN desde nuestra modesto rincón.

Pinchando aquí, se puede acceder al formulario de firmas.


FOTO: COCN/Teo Todorov

sábado, 19 de julio de 2008

Humboldt

Puedo afirmar, que después de cuatro horas consecutivas de experimentos con anguilas eléctricas, el señor Bonpland y yo mismo nos resentimos de debilidad muscular, dolor en las articulaciones y malestar general hasta el día siguiente”.


La afirmación pertenece a Alexander von Humboldt, el genial naturalista prusiano que sentó las bases de la geografía moderna y avanzó pasos de gigante en disciplinas como la distribución geográfica de las plantas, las corrientes oceánicas, los campos magnéticos terrestres, la orogenia… Vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX, recorrió buena parte de Europa (los ibéricos le debemos que “descubriera” la existencia de dos mesetas en la península), Siberia y Asia central, exploró la selva amazónica y escaló los altos volcanes centroamericanos. Fue amigo de Goethe y de Schiller, del presidente estadounidense Jefferson, del zar Nicolás I, de Simón Bolivar, del escritor Washington Irving y de los científicos más destacados de su tiempo: Cuvier, Celestino Mutis, Gay- Lussac… Su portentoso don de gentes le granjeó pocos enemigos, pero los que tenía no eran moco de pavo: el mismísimo Napoleón seguía de cerca las andanzas de Alexander, complicándole la vida al prusiano con ciertas dosis de sadismo durante su larga estancia en París.

Las líneas con las que hemos abierto este post dan buena cuenta de cuál era el material del que estaba hecha esta portentosa figura de la Europa ilustrada; en no pocas ocasiones, Humboldt comprobaba en su propio cuerpo sus hipótesis acerca de la electricidad en los seres vivos. En 1795 se aplicó electrodos en el cuerpo llegando a producirse dolorosas ampollas y abundante derramamiento de suero linfático. Cinco años después, en medio de los Llanos de Venezuela, se las apañó para capturar vivas varias anguilas eléctricas (Gymnotus electricus) -una especie capaz de producir una descarga paralizante de hasta 650 voltios que puede llegar a matar animales del tamaño de un perro y dejar sin sentido a un ser humano- a las que sometió a varias pruebas para comprobar el alcance de sus descargas e intentar responder a cuestiones como por qué el pez no se autoelectrocutaba.

Aunque provinente de una familia con una excelente posición social, la formación ética y política de Humboldt siempre le puso al lado de los más oprimidos. Uno de sus primeros trabajos fue el de inspector de minas en el distrito de Fichtel, función que le permitió conocer de primera mano las penosas condiciones de trabajo de los mineros de la época y su nula formación intelectual. Conmovido por esta realidad, fundó, a espaldas de sus superiores y con dinero de su bolsillo, una escuela de minería en la que se enseñaba a los mineros nociones de geología y mineralogía, legislación sobre minas, geografía local y otras disciplinas de carácter práctico. A la vez que realizaba su trabajo de funcionario de minas y daba clases –gratuitas- en la academia, se dedicó a investigar cuál era la composición de los gases presentes en las minas y su nivel de peligrosidad, estudio que realizó él mismo bajando hasta las galerías donde estos gases podían hallarse, práctica que estuvo a punto de costarle la vida. El resultado de sus investigaciones se tradujo en el diseño de respiradores y lámparas de seguridad que fueron utilizadas para el trabajo en minería durante años.

Este notorio compromiso social le acompañó durante su viaje a América, donde no dudó en hacer pública su indignación respecto a la extendida práctica de la esclavitud, tanto en las posesiones españolas como en Estados Unidos.

La vitalidad de Humboldt le llevó a alcanzar los noventa años, todo un récord para el siglo XIX. Su funeral fue de una espectacularidad despampanante: cuatro chambelanes reales abrían el cortejo fúnebre, el coche donde viajaban los restos mortales del naturalista iba tirado por seis caballos dirigidos por palafreneros reales y escoltado por veinte estudiantes que portaban hojas de palma. Tras la familia y amigos de Humboldt iban los caballeros de la Orden del Águila Negra, músicos interpretando la Marcha Fúnebre de Mozart, los ministros del gobierno, el cuerpo diplomático, miembros del Parlamento, seiscientos estudiantes escoltados por portadores de banderas, las academias de Ciencias y de las Artes con sus correspondientes directores y profesores… Un coro entonó himnos en su honor cuando el cortejo llegó a las puertas de la catedral de Berlín.

Sin embargo, pese a la magnificencia de la despedida, Humboldt había muerto completamente arruinado y sus escasas posesiones habían pasado directamente a manos de su criado, al que el ilustre científico debía el salario de varios años. La razón de esta miseria era su costumbre de apadrinamiento de jóvenes científicos, como Louis Agassiz, al que la ayuda del prusiano permitió seguir estudiando y llegar a convertirse en uno de los precursores de la Oceanografía y en uno de los más destacados naturalistas del siglo XIX.
Para saber más: Botting, D. (1973), Humboldt y el Cosmos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1981.
Imagen: Alexander von Humboldt und Aime Bonpland am Fuß des Vulkans Chimborazo (Friedrich Georg Weitsch (1810))

viernes, 18 de julio de 2008

Bocata de lagarto


Me contaba una de mis tías, que fue maestra rural en la Sierra de Cazorla durante su juventud, que los almuerzos de los semisalvajes niños serranos incluían muchos días bocadillo de lagarto. Por lo visto, la carne del reptil sabía a pollo y era tan nutritiva como la de la mejor gallina de corral. Comerse a los lagartos fue una costumbre muy extendida en el mundo rural durante la cruda posguerra española y es probable que estos reptiles -tan denostados, por otra parte- contribuyeran en buena medida al desarrollo de los chavales en medios tan duros como lo debieron ser las sierras jiennenses durante las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Seguramente, el lagarto más pasado por la parrilla fue el Lagarto ocelado (Lacerta lepida), un precioso bicharraco completamente inofensivo que puede llegar a los setenta centímetros de longitud -incluyendo la cola- y que ha sido perseguido con saña por las razones más peregrinas, como la que afirmaba que este animal bebía la sangre de las menstruantes o que podía morderte con tal fuerza que era capaz de arrancarte un dedo. Entre los cazadores también ha gozado (¿goza?) de muy mala fama, ya que se le acusa de depredar sobre perdices y conejos. En realidad, este reptil se alimenta fundamentalmente de insectos -sobre todo coleópteros-, otros reptiles y pequeños roedores; sin embargo, algunos autores apuntan que su declive en algunos puntos, como Sª Morena o Doñana, se debe a la caída en picado del conejo por culpa de la mixomatosis -primero- y la NHV -más tarde-.

Lo que sí ha conseguido la escasez de conejos en los montes ibéricos es que nuestro gran lagarto se convierta en el objeto de deseo de águilas perdiceras (14% de las piezas capturadas), águilas calzadas (20%) y azores (12%). También se ha convertido en un buen plato para meloncillos, águilas reales, milanos y busardos ratoneros.

No sabemos qué suerte correrá el lagarto de la fotografía, aún en su etapa juvenil y pillado en plena muda, pero seguro que a ningún niño de nuestros días se le ocurriría meterlo entre dos cachos de pan.



Fuentes:


Aragón Rebollo, A. (Coord), Anfibios y reptiles de la Península Ibérica y Baleares, Ed. Jaguar, 2006


Carrascal, L.M., Salvador, A., (Coord), 2002, Enciclopedia virtual de los vertebrados españoles

martes, 15 de julio de 2008

Flores de verano (I)


Aunque a la mayoría de los habitantes de la Península Ibérica el clima mediterráneo nos parece el clima "normal", lo cierto es que este esquema climático del que disfrutamos se da en unos pocos puntos muy concretos del planeta (las tierras bañadas por el mare nostrum, las costas de California y Chile, el borde suroccidental de África y el sur de Australia). Una de las características principales de este clima es el poseer de dos a tres meses -los de verano- caracterizados por escasas o casi nulas precipitaciones; esta situación ha propiciado que la vegetación que encontramos en nuestros paseos por el monte se haya adaptado a estos meses de sed tan característicos de nuestras tierras: han estrechado sus hojas - en ocasiones hasta convertirse en punzones-, las han vuelto coriáceas o se han convertido en almacenes de agua. Este último caso es el del Crespinell blanc, también conocido como Raïm de sap o Uva de gato: sus hojas y tallo se han hinchado para almacenar el agua caída en el mes de mayo y ahora, en pleno julio, nos regalan una discreta floración en forma de estrella que el "macro" de la cámara permite disfrutar en su humilde esplendor.

Este Crespinell blanc en concreto responde al largo nombre científico de Sedum album subsp. micranthum (Bast.) DC y crece en condiciones que soportan muy pocas especies: suelos esqueléticos, pedregales intensamente soleados, grietas en la roca... y, por supuesto, ni una gotica de agua. Quitémonos el sombrero ante este prodigio de la supervivencia vegetal.

lunes, 14 de julio de 2008

Empezamos a caminar


Otro nuevo blog en la red de redes, debe ser el número cuarenta y tantos mil y pico que se publica en español. A ver cómo marcha.
"El naturalista discreto" es un primo hermano de La Cementera, sólo que esta bitácora que ahora lee usted tiene más de cuaderno de campo y de libreta de lecturas que de otra cosa. Aquí tendrán cabida los bichos y las plantas que de vez en cuando tomaban al asalto La Cementera y que, por el afán de mantener el espíritu crítico y reflexivo de aquélla, el autor de estas líneas debía atar en corto. Supongo que naturalistas como Humboldt, Darwin, Linneo y toda esa pandilla también se pasarán por aquí, así como espero paseen otros contemporáneos del autor, quizás poco conocidos, pero no menos apreciados.