lunes, 27 de abril de 2009

... y amarillo a la genista

El otro día la Serralada de Marina, en su vertiente de Santa Coloma, estaba a reventar de genista florida. Las corolas parecían recien estrenadas y el aire bullía de abejorros y mariposas prestos a darse un atracón de néctar. Vi rastros de conejo, descubrimos un pobre Erizo europeo muerto y comprobamos que el poblado ibérico de Puig Castellar seguía en su sitio, cuajado, eso sí de estepa blanca florida. Como el día estaba claro se veían perfectamente la montaña de Montserrat y Sant Llorenç de Munt y el mar reverberaba espléndido desde Montjuïc a Vilassar; sólo la chimenea de la incineradora de Barcelona y la inevtable boina de contaminación y ruido de la ciutat comtal y sus conglomerados vecinos enturbiaban el aire limpio de finales de abril.

La Serralada de Marina son una serie de pequeños cerros que escoltan el mar al norte de Barcelona y por cuyas laderas escalan Badalona, Santa Coloma, Tiana, Montcada i Reixac y Sant Fost de Campsentelles. Está protegida por un Pla Especial que, seguramente, llegó demasiado tarde. Hay mucha urbanización desbocada entre sus robledales de umbría y la parte sur está devastada por dos décadas de incendios forestales. Sin embargo, la recuperación de la sierra se está produciendo, aunque a ritmo pausado: los robledales se regeneran poco a poco en la zona norte de la sierra y en la parte sur, las coscojas van ocupando las laderas quemadas, ayudadas en algún punto por iniciativas de asociaciones locales, como la del centro excursionista de Santa Coloma, que ha recuperado en buena parte la vegetación del Torrent de les Bruixes.

domingo, 26 de abril de 2009

Cigüeñuelas en el Clot de Galvany


Un día de la Semana Santa pasada nos fuimos unos cuantos amigos al Clot de Galvany, en Elche y, aunque el sitio estaba lleno de gente “tomando la mona” (véase foto de cómo estaba el parking), aún así pudimos disfrutar de un buen número de bichos: malvasías, cucharas, silbones, cernícalos, gallinetas, fochas… y cigüeñuelas. La cigüeñuela me gusta porque es un pájaro-garabato, con esas piernas tan finas y aparentemente tan desproporcionadas, y porque es el único animal del que puedo afirmar haber recibido un ataque en toda regla.

No es muy espectacular decir que te ha agredido un pájaro tan grácil, pero lo cierto es que aquella tarde de abril de hace tropocientosmil años el señor Llopis y yo tuvimos que esquivar unas cuantas acometidas de una pareja de cigüeñuelas que pensaban –y estaban en lo cierto-que estábamos demasiado cerca de su nido. Nosotros éramos jóvenes, inconscientes e ignorantes y no se nos podía pasar por la cabeza que en medio del secano sanvincetero, en aquella balsa de riego medio seca donde habíamos ido a buscar escarabajos de agua, pudiera haber una puesta de cigüeñuela. Recuerdo perfectamente los gritos y picados de las aves sobre nuestras cabezas y cómo estuvimos a punto de pisar cuatro huevos perfectamente camuflados en el barro. Cuando nos dimos cuenta de la situación nos fuimos rápidamente del lugar, por supuesto, y descubrimos, además, que aquella balsa abandonada también servía de refugio a un solitario chorlitejo.

El otro día en el Clot las cigüeñuelas mostraban similar humor pendenciero, intentando conjugar su espíritu social para con sus congéneres con su necesidad de intimidad. Aún así, nos pusimos finos a hacerles fotos en sus breves momentos de tranquilidad.

martes, 21 de abril de 2009

Orquídeas de abril

Para que la pequeña maravilla de orfebrería vegetal que se aprecia en la foto pudiera florecer han debido hilarse previamente toda una serie de sucesos extraordinarios. Uno de los más espectaculares es el diseño que no vemos de la flor pero que si tuviéramos capacidad de captar las bandas de luz ultravioleta se nos mostraría como una hembra de algún tipo de insecto, posiblemente una pequeña avispa. Este diseño oculto para los humanos atrajo la primavera pasada a una avispa macho en pleno frenesí reproductor; quizá entrara en juego igualmente un discreto aroma a feromona de avispa hembra. Nuestro excitado macho habría comenzado a copular infructuosamente con la orquídea, consiguiendo pocos éxitos en el terreno fecundador pero llevándose con él un par de nuevas antenas: los polinios de la orquídea, una especie de bastoncillos donde la planta guarda el polen que atesora su carga genética, desprendidos del ginostemo gracias a los movimientos del invertebrado.

Nuevo suceso extraordinario: el astado macho será engañado nuevamente por otra orquídea de la misma especie, justo en el momento en el que los polinios, que hasta entonces ocupaban erectos la cabeza del insecto, se curvan lo suficiente para que descarguen el polen en el estigma de la nueva flor.

En cuanto la orquídea es fecundada, la flor comienza a marchitarse y los óvulos contenidos en el ovario de la flor se transforman en una cápsula que, al secarse, libera su contenido de semillas. Miles de semillas microscópicas serán transportadas por el viento que las irá dejando, al azar, aquí y allá. Lamentablemente, las semillas de la orquídea son tan pequeñas que no cuentan ni siquiera con endospermo, es decir, el tejido nutritivo usado como alimento por el embrión de la planta. Sin este tejido especial la planta no puede desarrollar ni raíces ni sus primeras hojas, indispensables para el crecimiento. Y aquí sucede un nuevo prodigio.

Si nuestra semilla microscópica cae en un suelo colonizado por hongos del tipo Rhizoctonia, éstos no tardan en invadir la semilla, disolviendo con sus enzimas la dura cáscara que envuelve el embrión de la orquídea. Es en este momento cuando aquél sale de su estado de latencia y absorbe del hongo las sustancias que éste crea como materia de rechazo. La semilla, con estos aportes de nutrientes, irá creando unos filamentos que, a corto plazo, formarán las partes subterráneas de la orquídea. El hongo invade rápidamente estos órganos, de los que obtendrá nutrientes que él por si mismo no puede conseguir. Se habrá establecido entonces una bonita –permítaseme el adjetivo- relación simbiótica.

Después vendrán las lluvias templadas de abril cayendo sobre los suelos de la sierra de Biar…


PS: Probablemente una de las orqídeas (la que aparece el ejemplar entero) sea una Ophrys fusca, o algunas de sus subespecies... Soy discreto, no me atrevo a afinar tanto y a la espera estoy de que una voz autorizada confirme la clasificación. La otra, la que aparece de perfil, probablemente sea una Ophrys tenthredinifera.

martes, 7 de abril de 2009

La flor del Viernes Santo


Sin ponernos la coroza ni darnos en la espalda con un latiguillo de tres colas nos vamos de Semana Santa. Y lo hacemos con esta pequeña maravilla que en Catalunya llaman Buixol, Rosella de Bosc o Flor de divendres Sant y que en castellano recibe nombres como Anémona de los Bosques o Ranúnculo blanco. Su nombre científico no es menos evocador: Anemone nemorosa, es decir, por una parte el griego anemonos (viento) y por otra un derivado del latín nemos (bosque); la denominación hace clara referencia, como no podía ser de otra manera, tanto a la forma de dispersión de semillas del género como al hábitat de la especie… (Y uno se pregunta ¿y por qué Linneo, que tan fino hiló con la Anémona de los Bosques le hizo esa trastada –seamos finos- al Arrendajo poniéndole el nombre científico de Garrulus glandarius?).

Las flores de la foto tapizaban la semana pasada el hayedo aún sin hojas de Santa Fe del Montseny, lugar que afortunadamente frecuento por motivos laborales. Se trata de una planta herbácea de no más de quince centímetros de altura que puede llegar a tapizar buenas superficies de bosque, generalmente aquél que se desarrolla en suelos silíceos y cuyas especies principales son robles albares o hayas, como es, precisamente, el caso de una parte no pequeña del Montseny. Para este naturalista discreto poco avezado en flora eurosiberiana –gracias señor Molina!-, el hallazgo de esta flor (por lo demás muy común en el todo el tercio norte) bajo la llovizna de una gélida mañana primaveral fue todo un pequeño gran descubrimiento.

Por cierto, y para los amigos y amigas de Castellón, que supongo ya lo sabrán: el punto más meridional de distribución de esta especie es el Penyagolosa (qué no tiene esa montaña gloriosa, señores).