jueves, 31 de julio de 2008

Río Vinalopó, el gran explotado



Pocas veces relacionamos el desarrollo económico de un lugar determinado con los recursos naturales que lo han hecho posible, salvo, quizás, los ejemplos de la explotación minera y petrolífera. Quienes estamos acostumbrados a ver el río Vinalopó a su paso por la localidad de Elche siempre hemos considerado al raquítico Vinalopó como una acequia no muy caudalosa o, a lo sumo, un canal de alcantarilla al aire libre. Sin embargo, el más humilde de los cursos fluviales de la cuenca del Júcar viene vertebrando la parte occidental de la provincia de Alicante desde tiempos inmemoriales, siendo explotado sin reparo hasta dejarlo sin gota de agua en no pocos veranos.

Prácticamente sin salir de la comarca que le ve nacer y a la que da nombre (Alto Vinalopó), nuestro río recibe una primera paliza que lo deja casi noqueado y, en cualquier caso, sin la fresca acometividad que presenta en su nacimiento y que tan bien se ve reflejada en la foto de este post. Así, el Vinalopó da de beber a las huertas de Banyeres de Mariola, Beneixama y Bocairent, localidad esta última donde el azud de la Acequia puede llegar a consumir todo el caudal del río durante el verano. En Banyeres el cauce comienza a recibir aguas residuales y ya en Beneixama el caudal del Vinalopó es magro y sucio, soportando su lecho y orillas extracciones de áridos. Aguas abajo de Villena, el río recibe los aportes de la Acequia del Rey que, por las características del terreno, son de tipo salobre; también recibe aquí, y por la misma vía, aguas residuales de Villena.

En Elda, Petrer, Monóvar y Novelda, el baqueteado Vinalopó bebe lo que le aportan las ramblas y arroyos locales, pero este respiro no es muy enriquecedor ya que en estos municipios las empresas marmoleras vierten en él sus detritos, convirtiendo el río en un hilo de agua lechoso y espeso. Estos residuos de las marmoleras han colmatado, un poco más abajo, el Embalse de Elche, una de las presas más antiguas de Europa.

En Elche, el río vertebra la ciudad y le da un atractivo especial gracias a la abundancia de puentes y huertos de palmeras, regados en otros tiempos con aguas del Vinalopó pero que hoy en día se abastecen principalmente con los canales del Taibilla. En algún momento dentro del término ilicitano, el Vinalopó, sucio, esquelético y boqueando, desaparece.

En apenas ochenta kilómetros de recorrido, el Vinalopó riega huertas de varias localidades, transporta residuos urbanos e industriales de las poblaciones de tres comarcas, aporta áridos, configura el paisaje rural y urbano, es represado al menos una vez (sin contar azudes) y rodeado de hormigón en casi todos los tramos. Tras estos trabajos hercúleos, se desvanece antes de llegar al mar acompañado por nuestra indiferencia.

Sin embargo, en Banyeres, donde nace este río modesto en tierras poco acostumbradas a los cursos fluviales, las familias alicantinas se arremolinan en torno a sus pozas, y los niños pueden hacerse una idea de lo que es un río sin necesidad de salir de provincia y quizá sea allí, en su nacimiento, el lugar indicado para transmitir el aprecio por estas aguas y cambiar nuestro chip respecto al abuso al que las sometemos unos kilómetros más abajo
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domingo, 20 de julio de 2008

La Sierra del Algarrobo, en peligro

Por estas fechas, mediados-finales de julio, comienza uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza europea: el paso de las grandes aves migratorias a través del Estrecho de Gibraltar. Decenas de miles de cigüeñas, milanos, aguilillas calzadas, halcones abejeros, águilas culebreras, gavilanes y otras especies provinentes de todos los rincones de Europa se dan cita en el extremo más meridional de la provincia de Cádiz para dar el salto al continente africano. En los últimos años, este viaje de la fauna alada es seguido con admiración y detenimiento por un número cada vez más grande de ornitólogos y aficionados a la observación de la naturaleza que, como las aves, llega hasta las localidades de Tarifa y Algeciras a partir del veinte de julio.

Imaginad un bando de unas mil quinientas cigüeñas girando en grandes círculos sobre vuestras cabezas, a veces tan cerca que oyes el susurro de las alas batiendo el aire. La mañana está despejada y el viento es favorable, así que el bando toma algo de altura y, como si se deslizarán por un tobogán, lo ves dirigirse hacia el perfil majestuoso del Yébel Musa, en territorio marroquí, volando sobre el brazo de mar geoestratégicamente más importante de Europa occidental. Pero quizás el verano está ya más avanzado y el cielo se ha encapotado por la inminencia del temporal, puede que lo que observemos entonces sean grupos de halcones abejeros pasando ininterrumpidamente entre jirones de nubes, con un batir de alas poderoso y decidido, con su brújula interna -o lo que quiera que utilicen las aves para orientarse- marcando el rumbo a África como ha venido haciendo desde hace milenios. El año pasado, sólo durante la época de migración postnupcial (dirección África) y en un solo observatorio, se observaron más 60.000 halcones abejeros y cerca de 20.000 águilas calzadas, entre otras aves (datos del Programa Migres).

Las aves migratorias eligen siempre, por término general, las mismas rutas a la hora de encararse hacia África. Estas rutas están condicionadas por la orografía local, los vientos dominantes y otros aspectos que, debido a su previsibilidad, nos permiten estar en el lugar adecuado y en el momento preciso para disfrutar del espectáculo de la fauna en acción. Sin embargo, y por desgracia, uno de los mejores lugares de Europa para estudiar el paso migratorio está amenazado, cómo no, por los adoradores del ladrillo y las pelotas de golf: la sierra del Algarrobo, pasillo natural de rapaces y cigüeñas en sus viajes de ida y vuelta a África y lugar donde está enclavado uno de los observatorios de aves más importantes del Estrecho de Gibraltar, ve planear sobre sus laderas una macrourbanización con campo de golf apoyada por el Ayuntamiento de Algeciras. El combativo Colectivo Ornitológico Cigüeña Negra está pidiendo firmas para reclamar la protección del Algarrobo y asegurar que las aves migratorias puedan seguir utilizando estas sierras como ruta segura en su largo viaje. Aparte de reprender a los ediles algecireños por su cortedad de miras y su escasa sensibilidad ambiental, no podemos sino apoyar a las gentes del COCN desde nuestra modesto rincón.

Pinchando aquí, se puede acceder al formulario de firmas.


FOTO: COCN/Teo Todorov

sábado, 19 de julio de 2008

Humboldt

Puedo afirmar, que después de cuatro horas consecutivas de experimentos con anguilas eléctricas, el señor Bonpland y yo mismo nos resentimos de debilidad muscular, dolor en las articulaciones y malestar general hasta el día siguiente”.


La afirmación pertenece a Alexander von Humboldt, el genial naturalista prusiano que sentó las bases de la geografía moderna y avanzó pasos de gigante en disciplinas como la distribución geográfica de las plantas, las corrientes oceánicas, los campos magnéticos terrestres, la orogenia… Vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX, recorrió buena parte de Europa (los ibéricos le debemos que “descubriera” la existencia de dos mesetas en la península), Siberia y Asia central, exploró la selva amazónica y escaló los altos volcanes centroamericanos. Fue amigo de Goethe y de Schiller, del presidente estadounidense Jefferson, del zar Nicolás I, de Simón Bolivar, del escritor Washington Irving y de los científicos más destacados de su tiempo: Cuvier, Celestino Mutis, Gay- Lussac… Su portentoso don de gentes le granjeó pocos enemigos, pero los que tenía no eran moco de pavo: el mismísimo Napoleón seguía de cerca las andanzas de Alexander, complicándole la vida al prusiano con ciertas dosis de sadismo durante su larga estancia en París.

Las líneas con las que hemos abierto este post dan buena cuenta de cuál era el material del que estaba hecha esta portentosa figura de la Europa ilustrada; en no pocas ocasiones, Humboldt comprobaba en su propio cuerpo sus hipótesis acerca de la electricidad en los seres vivos. En 1795 se aplicó electrodos en el cuerpo llegando a producirse dolorosas ampollas y abundante derramamiento de suero linfático. Cinco años después, en medio de los Llanos de Venezuela, se las apañó para capturar vivas varias anguilas eléctricas (Gymnotus electricus) -una especie capaz de producir una descarga paralizante de hasta 650 voltios que puede llegar a matar animales del tamaño de un perro y dejar sin sentido a un ser humano- a las que sometió a varias pruebas para comprobar el alcance de sus descargas e intentar responder a cuestiones como por qué el pez no se autoelectrocutaba.

Aunque provinente de una familia con una excelente posición social, la formación ética y política de Humboldt siempre le puso al lado de los más oprimidos. Uno de sus primeros trabajos fue el de inspector de minas en el distrito de Fichtel, función que le permitió conocer de primera mano las penosas condiciones de trabajo de los mineros de la época y su nula formación intelectual. Conmovido por esta realidad, fundó, a espaldas de sus superiores y con dinero de su bolsillo, una escuela de minería en la que se enseñaba a los mineros nociones de geología y mineralogía, legislación sobre minas, geografía local y otras disciplinas de carácter práctico. A la vez que realizaba su trabajo de funcionario de minas y daba clases –gratuitas- en la academia, se dedicó a investigar cuál era la composición de los gases presentes en las minas y su nivel de peligrosidad, estudio que realizó él mismo bajando hasta las galerías donde estos gases podían hallarse, práctica que estuvo a punto de costarle la vida. El resultado de sus investigaciones se tradujo en el diseño de respiradores y lámparas de seguridad que fueron utilizadas para el trabajo en minería durante años.

Este notorio compromiso social le acompañó durante su viaje a América, donde no dudó en hacer pública su indignación respecto a la extendida práctica de la esclavitud, tanto en las posesiones españolas como en Estados Unidos.

La vitalidad de Humboldt le llevó a alcanzar los noventa años, todo un récord para el siglo XIX. Su funeral fue de una espectacularidad despampanante: cuatro chambelanes reales abrían el cortejo fúnebre, el coche donde viajaban los restos mortales del naturalista iba tirado por seis caballos dirigidos por palafreneros reales y escoltado por veinte estudiantes que portaban hojas de palma. Tras la familia y amigos de Humboldt iban los caballeros de la Orden del Águila Negra, músicos interpretando la Marcha Fúnebre de Mozart, los ministros del gobierno, el cuerpo diplomático, miembros del Parlamento, seiscientos estudiantes escoltados por portadores de banderas, las academias de Ciencias y de las Artes con sus correspondientes directores y profesores… Un coro entonó himnos en su honor cuando el cortejo llegó a las puertas de la catedral de Berlín.

Sin embargo, pese a la magnificencia de la despedida, Humboldt había muerto completamente arruinado y sus escasas posesiones habían pasado directamente a manos de su criado, al que el ilustre científico debía el salario de varios años. La razón de esta miseria era su costumbre de apadrinamiento de jóvenes científicos, como Louis Agassiz, al que la ayuda del prusiano permitió seguir estudiando y llegar a convertirse en uno de los precursores de la Oceanografía y en uno de los más destacados naturalistas del siglo XIX.
Para saber más: Botting, D. (1973), Humboldt y el Cosmos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1981.
Imagen: Alexander von Humboldt und Aime Bonpland am Fuß des Vulkans Chimborazo (Friedrich Georg Weitsch (1810))

viernes, 18 de julio de 2008

Bocata de lagarto


Me contaba una de mis tías, que fue maestra rural en la Sierra de Cazorla durante su juventud, que los almuerzos de los semisalvajes niños serranos incluían muchos días bocadillo de lagarto. Por lo visto, la carne del reptil sabía a pollo y era tan nutritiva como la de la mejor gallina de corral. Comerse a los lagartos fue una costumbre muy extendida en el mundo rural durante la cruda posguerra española y es probable que estos reptiles -tan denostados, por otra parte- contribuyeran en buena medida al desarrollo de los chavales en medios tan duros como lo debieron ser las sierras jiennenses durante las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Seguramente, el lagarto más pasado por la parrilla fue el Lagarto ocelado (Lacerta lepida), un precioso bicharraco completamente inofensivo que puede llegar a los setenta centímetros de longitud -incluyendo la cola- y que ha sido perseguido con saña por las razones más peregrinas, como la que afirmaba que este animal bebía la sangre de las menstruantes o que podía morderte con tal fuerza que era capaz de arrancarte un dedo. Entre los cazadores también ha gozado (¿goza?) de muy mala fama, ya que se le acusa de depredar sobre perdices y conejos. En realidad, este reptil se alimenta fundamentalmente de insectos -sobre todo coleópteros-, otros reptiles y pequeños roedores; sin embargo, algunos autores apuntan que su declive en algunos puntos, como Sª Morena o Doñana, se debe a la caída en picado del conejo por culpa de la mixomatosis -primero- y la NHV -más tarde-.

Lo que sí ha conseguido la escasez de conejos en los montes ibéricos es que nuestro gran lagarto se convierta en el objeto de deseo de águilas perdiceras (14% de las piezas capturadas), águilas calzadas (20%) y azores (12%). También se ha convertido en un buen plato para meloncillos, águilas reales, milanos y busardos ratoneros.

No sabemos qué suerte correrá el lagarto de la fotografía, aún en su etapa juvenil y pillado en plena muda, pero seguro que a ningún niño de nuestros días se le ocurriría meterlo entre dos cachos de pan.



Fuentes:


Aragón Rebollo, A. (Coord), Anfibios y reptiles de la Península Ibérica y Baleares, Ed. Jaguar, 2006


Carrascal, L.M., Salvador, A., (Coord), 2002, Enciclopedia virtual de los vertebrados españoles

martes, 15 de julio de 2008

Flores de verano (I)


Aunque a la mayoría de los habitantes de la Península Ibérica el clima mediterráneo nos parece el clima "normal", lo cierto es que este esquema climático del que disfrutamos se da en unos pocos puntos muy concretos del planeta (las tierras bañadas por el mare nostrum, las costas de California y Chile, el borde suroccidental de África y el sur de Australia). Una de las características principales de este clima es el poseer de dos a tres meses -los de verano- caracterizados por escasas o casi nulas precipitaciones; esta situación ha propiciado que la vegetación que encontramos en nuestros paseos por el monte se haya adaptado a estos meses de sed tan característicos de nuestras tierras: han estrechado sus hojas - en ocasiones hasta convertirse en punzones-, las han vuelto coriáceas o se han convertido en almacenes de agua. Este último caso es el del Crespinell blanc, también conocido como Raïm de sap o Uva de gato: sus hojas y tallo se han hinchado para almacenar el agua caída en el mes de mayo y ahora, en pleno julio, nos regalan una discreta floración en forma de estrella que el "macro" de la cámara permite disfrutar en su humilde esplendor.

Este Crespinell blanc en concreto responde al largo nombre científico de Sedum album subsp. micranthum (Bast.) DC y crece en condiciones que soportan muy pocas especies: suelos esqueléticos, pedregales intensamente soleados, grietas en la roca... y, por supuesto, ni una gotica de agua. Quitémonos el sombrero ante este prodigio de la supervivencia vegetal.

lunes, 14 de julio de 2008

Empezamos a caminar


Otro nuevo blog en la red de redes, debe ser el número cuarenta y tantos mil y pico que se publica en español. A ver cómo marcha.
"El naturalista discreto" es un primo hermano de La Cementera, sólo que esta bitácora que ahora lee usted tiene más de cuaderno de campo y de libreta de lecturas que de otra cosa. Aquí tendrán cabida los bichos y las plantas que de vez en cuando tomaban al asalto La Cementera y que, por el afán de mantener el espíritu crítico y reflexivo de aquélla, el autor de estas líneas debía atar en corto. Supongo que naturalistas como Humboldt, Darwin, Linneo y toda esa pandilla también se pasarán por aquí, así como espero paseen otros contemporáneos del autor, quizás poco conocidos, pero no menos apreciados.