sábado, 29 de noviembre de 2008

Asamblea de cormoranes


El cormorán grande (Phalacrocorax carbo) es un tipo extraño. Parece un cruce entre una gaviota, un cuervo y una serpiente. Vuela decidido, con fuerza y como a impulsos, lo que contrasta con su faceta contemplativa y adoradora del sol, puestas las alas en cruz para su secado perfecto tras una zambullida en busca de presas (bueno, en realidad no se sabe muy por qué lo hace...). El nombre es sonoro y-perdón por la cursilería- vibrante y a mi me recuerda al apodo de esos piratas de los Mares del Sur sobre cuyas hazañas escribía Emilio Salgari.

A principios de los ochenta el cormorán estuvo bordeando la extinción pero, en nuestros días, su población se ha recuperado y podemos observarlos con facilidad en la mayoría de las zonas húmedas de la Península durante los meses de otoño e invierno, cuando miles de estas aves nos visitan desde sus zonas de cría habituales, en el norte de Europa. En España el cormorán se considera un nidificante escaso, habiéndose detectado su reproducción en algunos embalses del interior.

En el Delta del Llobregat se dan buenas concentraciones invernales de esta especie y el enclave es ideal para observar su comportamiento y aprender a distinguir los ejemplares jóvenes de los adultos, tarea más que sencilla debido a que los mozos de un año presentan vientre y cuello completamente blancos.

De estas aves me resulta llamativa su tendencia a concentrarse en un punto determinado, costumbre que también ha llamado la atención a alguno de los niños que de tanto en tanto guiamos por el delta (un saludo a los señores Carandell y Morera) y que un chaval resumió exclamando: Mira, mira, els corbs marins estan fent assemblea!

Por desgracia, el futuro del cormorán está virando a tonos similares a los de su plumaje y en algunas comunidades autónomas se están realizando desde el año pasado cacerías de cormorán con el objeto de disminuir la presión que supuestamente ejerce sobre los salmónidos de los ríos del País Vasco y Asturias. Aunque la medida está siendo realizada por la propia administración, a muchos nos parece poco justificada desde un punto de vista científico y conservacionista, pero esto será tema para otro post.

sábado, 1 de noviembre de 2008

De rapaces y hombres

Guardo dos libros en la estantería que se levanta junto al escritorio a los que tengo en gran estima. Ambos son voluminosos e incómodos de leer -a no ser que te aposentes en el sofá o en un sillón de orejas-pero no puedo evitar la tentación de cogerlos una y otra vez, leer un capítulo, volverlos a colocar en su sitio y, pocos días después, hojearlos -y ojearlos- de nuevo. Los dos tomos fueron escritos dos apasionados naturalistas ibéricos, uno castellano y otro aragonés; los dos autores murieron por culpa de un accidente, uno en marzo de 1980 y el otro en abril de 2005 y ambos profesaban auténtica dedicación por el grupo de animales a quienes van dedicado los susodichos libros: las rapaces.

Uno de los naturalistas mencionados es el conocídisimo Félix Rodríguez de la Fuente, médico odontólogo, cetrero, naturalista, escritor, cineasta y padre de la vocación de algunos miles de biólogos, ambientólogos, forestales y demás fauna relacionada con la naturaleza que ahora rondan entre los treinta y los cincuenta años. El otro es menos conocido -fuera de los círculos ornitológicos y conservacionistas, aclaro- pero también una auténtica cola de lagartija, David Gómez Samitier: Agente de Protección de la Naturaleza, fotógrafo, escritor, conferenciante...



Contaba Félix que su afición a las rapaces venía de su infancia en Poza de la Sal, cuando se tumbaba en la hierba para observar, durante horas, las evoluciones de los buitres en el cielo. Más crecidito, compaginó el estudio de la carrera de Medicina con la resurrección de la cetrería. Se empapó de prosa medieval que hablaba de la alianza entre rapaces y seres humanos y se puso manos a la obra: se hizo cetrero. En una época en la que en España se pagaban 25 pesetas por cada par de patas de águila que se presentaran a las autoridades, aquél burgalés que hablaba -tan bien-de águilas y halcones como si fueran aristócratas de pico y pluma pronto llamó la atención. Félix comenzó a salir en revistas, programas de radio y televisión... Y podía haberse quedado aquí, haciéndose un hueco en el mundo de la caza y dedicándose a regalar halcones a los emires de la Península Arábiga (cosa que hizo). Pero lo bueno es que a Félix le gustaban las rapaces porque sí, y no sólo porque fueran unos hermosos cazadores. Así que, una vez que tenía atrapada a la gente con sus baharíes y sacres, dedicó sus charlas y programas a bichos extraordinariamente menos atractivos para el público... Porque, un halcón, pase, muy bonito, muy rápido y tal, pero ¿un alimoche? ¿qué demonios tiene de bonito un alimoche? Y, bueno, a algunos nos convenció.

De su época cetrera, uno de los productos en tinta más depurados realizados por el burgalés fue El Arte de Cetrería, una especie de compendio sobre esta modalidad cinegética en la que se hablan de las especies más utilizadas, su biología y adiestramiento y, de tanto en tanto -tengamos en cuenta que, a fin de cuentas, el libro iba dirigido a cazadores de la España franquista- dejaba caer cosas como: "El día que España se haya transformado en un inmenso criadero de perdices y hayan desaparecido los azores, los halcones, las águilas y todos los hermosos y necesarios animales carniceros; el día que hayamos conseguido una fauna mutilada, chata y unilateral; el día que podamos ufanarnos de matar miles de perdices en todos nuestros ojeos, habrá llegado el principio del fin (...)". Para un naturalista, El Arte de la Cetrería es realmente entretenido, está repleto de informaciones curiosas, de citas medievales sobre las aves rapaces y de un vocabulario sonoro y sabroso, con palabras como alcándara, pihuela, niego, torzuelo, zahareño, o conceptos tan evocadores como el de "halcones del aire", referido a aquellos pájaros que son capturados fuera del nido, cualquiera que sea su edad.

En 1980, cuando Félix muere en Alaska, David Gómez tiene dieciocho años y trisca por la comarca oscense del Somontano buscando nidos de búhos, culebreras y cernícalos. Pronto decide que quiere ser forestal para estar al lado de los bichos que le gustan y protegerlos como él entiende que se debe hacer. En todo este proceso, el aspirante a guardabosques queda fascinado por una especie en especial, el quebrantahuesos, y convierte a este ave majestuosa en una de los ejes de su vida:

"Pasión, droga, obsesión" leemos en Uñas de cristal, "Cualquiera de estas tres palabras podría definir mi dependencia hacia el fascinante mundo que rodea al quebrantahuesos. Convivir y saber de una especie es dar todo de uno mismo. Donde las personas más allegadas a mí también se enganchan a ella. Un póster de una de estas aves adorna la habitación de una de mis niñas desde sus cuatro años". David ya es de otra generación: ya no se pagan cinco duros por las patas de las alimañas ni se ha de entrar al mundo de la conservación de las rapaces por la puerta extraña de la caza. Sin embargo, los quebrantas y otros buitres están al borde del abismo, acosados por el veneno, la estaciones de esquí, las urbanizaciones y la caída en picado del ganado que antes pastaba en los montes y que priva a los carroñeros de una de sus fuentes de alimento más importantes. David fue uno de aquellos naturalistas que año tras año subía a las gélidas alturas del Pirineo a comprobar si su gigantesco "pájaro de barro" sacaba adelante su descendencia; del "quebranta" y de otras aves hizo fotografías espectaculares que mostraba en charlas y conferencias con las que intentaba transmitir su pasión por la fauna salvaje a la gente más joven. Cuando estaba a punto de sacar su undécimo libro un accidente de automóvil termina con su vida y la de su mujer e hijas.

Uñas de cristal es la obra póstuma de David Gómez. Se trata de una recopilación de fotos espectaculares, anécdotas y artículos sobre todas las especies de rapaces que crían en la Península Ibérica realizados por las personas más comprometidas en su conservación (desde biólogos a agentes forestales, pasando por naturalistas, juristas, fotógrafos o veterinarios). Es decir, un regalo para el que quiera saber cómo les va, en el recién estrenado siglo XXI, a estos bichos emplumados de ojos grandes que tan poco se imaginan las pasiones que despiertan.