jueves, 23 de diciembre de 2010

Linzón

Antes de la blanca floración de los almendros una alfombra no menos blanca de modestos linzones cubre el secano alicantino. Recuerdo ver a los viejos pajareros de mi pueblo segando los linzones de los campos de almendros para alimentar a sus aves. La tiernas silícuas de esta humilde especie propia de caminos y baldíos parecen volver locos a verderones, verdecillos y jilgueros y son un recurso alimenticio que no falla ningún invierno.

Al linzón, oruga, rabeniza o ravenissa (Diplotaxis erucoides) se le considera una mala hierba, o lo que es lo mismo pero dicho de otra manera y con otras lentes puestas, una heroína que lucha desde la base contra la erosión. Cualquier terraplén yesoso, cualquier borde de un camino junto a un campo baldío pueden ser el hogar ideal de esta planta, que se aferra a la tierra con denuedo. Cuando los vecinos de mi pueblo se dedican a abandonar los campos que antaño cultivaron para que se conviertan en futuras cosechas de un especulador urbanístico, el linzón sigue floreciendo, otoño tras otoño, primavera tras primavera, regalando sus semillas al pajarerío rural, cada vez más castigado por nuestra indiferencia.

La foto está tomada hace un mes, en un pueblecito de L'Ampordà.