lunes, 18 de octubre de 2010

Tritón

Sobre la mano del señor Faus posa un juvenil de Tritón jaspeado (Triturus marmoratus), Tritó verd en catalán, uno de los anfibios urodelos (con cola) más comunes del tercio norte peninsular. Para este discreto naturalista, provinente de secarrales meridionales, los encuentros con estas pequeñas joyas acuáticas siempre son emocionantes, como supongo que habré anotado en alguna entrada anterior.

Hijos de Anfítrite y Poseidón, dioses griegos de los mares, los tritones, todavía en nuestros días, conservan cualidades sobrenaturales, como su doble respiración -cutánea y pulmonar-, su dos vidas- acuática y terrestre- y su capacidad de autorregeneración, que les permite recuperar miembros perdidos (patas, dedos, retinas...).

jueves, 14 de octubre de 2010

Matamoscas

No me puedo resistir a escribir una pequeña entrada para presentaros a la Matamoscas, la Falsa Oronja, el Reig bord, uno de esos famosos hongos que mucha gente conoce incluso por el nombre en latín: la Amanita muscaria. Descubrimos tres ejemplares del cuerpo fructífero de este basidiomiceto (una seta, vaya) debajo de un haya, cerca del pantano de Santa Fe, en el Parque Natural del Montseny; el de la foto todavía no había abierto su sombrero de ala ancha. Sólo faltaba un gnomo debajo del hongo invitándonos a una infusión de escaramujo para acabar de completar el cuadro otoñal. Todo el mundo debe saber que la Amanita muscaria, pese a su belleza, es venenosa; los efectos del ácido iboténico se manifiestan a las dos horas de la ingesta del hongo, provocando parálisis, disnea, mareos, ataques de furia y, en ocasiones, el deceso del consumidor.

No obstante, lo único que hay que hacer es no consumirla. No es necesario, como hacen algunos seteros, destrozarla para evitar problemas. Las amanitas son micorrizógenas, auténticas aliadas de los árboles bajo los que crecen… pero eso es otra historia que comentaremos con más detalle en otra entrada, el tema lo merece.

lunes, 4 de octubre de 2010

El mamífero más pequeño del mundo

Pequeñísima, hiperactiva, voraz y despeluchada, así es la Musarañita (Suncus etruscus), el mamífero de menores dimensiones conocido hasta el momento. Sus escasos 70 milímetros –incluida la cola- y sus costumbres nocturnas la hacen difícil de detectar para los ojos humanos. De hecho, se suele descubrir su presencia en una zona determinada estudiando las egagrópilas de las rapaces nocturnas en las que, con un poco de suerte, se pueden encontrar los restos de sus diminutos cráneos.

Otra manera de toparse con esta especie –desafortunadamente tan poco edificante como la anterior- suele ser el hallazgo de un cadáver, que fue lo que nos ocurrió hace unos días paseando por la Serralada de Marina, en Santa Coloma. El pequeño –e inerte- duendecillo que ilustra este post se encontraba tendido cuan largo era en medio de una pista forestal. Cuales CSI de los micromamíferos convenimos que la causa de la muerte pudo deberse al ataque de algún depredador mamífero –gato, zorro- que actuó poco antes del amanecer. Se da la circunstancia que las musarañas poseen unas glándulas que emiten una substancia de olor y sabor desagradables que, aunque no evita el ataque de los depredadores, sí evita ser devorada. Si la musaraña tiene suerte, puede que el depredador la suelte a la primera intentona de mordisco. Si no, será desechada una vez muerta. Puede incluso que la pobre musaraña fenezca del susto ya que su corazón liliputiense, que late unas 1000-1200 veces por minuto (20 por segundo!), no suele resistir el estrés de un ataque predatorio.

Nuestra musarañita, pese a todo, vive intensamente la vida. Las hembras pueden criar hasta seis camadas al año, siempre que hayan sobrevivido a su primer invierno. Imaginad lo que supone eso traducido en paradas nupciales, cópulas, peleas por el territorio, gestación, parto, cría y búsqueda de alimento. Esta última ocupación es la actividad central de la Musarañita, que necesita ingerir diariamente el equivalente de su peso en comida. Y hemos de apuntar que sus preferencias culinarias son bichos que hay que perseguir: grillos, saltamontes…

Las nueve especies de musarañas, musarañitas y musgaños que viven en la Península Ibérica están protegidas por el Convenio de Berna y por diversas leyes estatales y autonómicas. Si bien, en general, no están amenazadas, las alteraciones de su hábitat pueden ocasionar declives locales.